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La importancia de registrar tus emociones.

Por: Nelly Flor 22 Ago 2017
Estoy atravesando por un momento en el que no sólo me cuestiono los “para qués” de la vida que surgen como respuesta de aquellos acontecimientos […]
La importancia de registrar tus emociones.

Estoy atravesando por un momento en el que no sólo me cuestiono los “para qués” de la vida que surgen como respuesta de aquellos acontecimientos que me han marcado, sino que además he comenzado a darle demasiado valor a las emociones que provocan en mi cuerpo antes de pasarlas al área del razonamiento.

Dicha actividad no ha surgido de la nada; me doy cuenta que ha sido parte del proceso de autoconocimiento que comencé cuando me descubrí una joven de 25 años de edad, vulnerable y muy mortal, a causa de una condición física llamada “Diabetes”, que a partir de entonces y por el resto de mis días, exigiría toda mi atención y cuidados para evitar futuras complicaciones relacionadas con mi salud física y que por añadidura, los cambios en mi estilo de vida comenzarían a provocar transformaciones en los más recónditos recovecos de mi mente y mi espíritu.

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A ocho años de eso, así como apenas logro ver cuadritos en mi abdomen y algunos músculos marcándose en mi espalda y brazos como resultado de ejercitar mi cuerpo todos los días, también apenas comienzo a darme cuenta que nunca había aprendido a comunicarme asertivamente, por lo que muy probablemente mi cuerpo comenzó a expresarse por mí.

Soy muy consiente, aún, de todas las situaciones internas y externas que sucedían en mi vida en ese momento, y que probablemente fueron en conjunto, lo que hizo a mi cuerpo manifestar sus desacuerdos, por ejemplo:

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Las cuestiones relacionas con mi salud física…

No dormía ni 6 horas.

No comía ni 3 veces al día.

No me ejercitaba ni 20 minutos a la semana.

No tomaba agua ni dos veces al día.

Las cuestiones relacionadas con mi salud emocional…

Sentía constantemente la necesidad de tener que defenderme de una jefe con características sociópatas (realmente no exagero) y no saber cómo (porque lo más fácil hubiera sido renunciar el día uno que me sobajó, pero era joven, y mi primer trabajo, no sabía que eso se valía).

Tenía ganas de llorar y hacerme bolita todo el tiempo porque me faltaba mi exnovio, con quien había durado 7 años y quien me había cortado para iniciar una relación con otra chava.

Vivía estresada y con el Santo Niño de Atocha en la boca por la sobrecarga laboral.

Extrañaba ver a mi familia, amigos y terapeuta, porque trabajaba inclusive fines de semana.

O sea, TODO MAL.

Termino este post puntualizando que las situaciones que nos toca enfrentar son muy nuestras; sólo nuestras, y que no son mayores o menores comparadas con las situaciones de alguien más, y que el hecho de que alguien más la podría estar pasando peor o mejor que tú, no demerita que tú la estés pasando también muy mal o muy bien. Lo que quiero decir, es que es necesario que comencemos a validar lo que nos pasó, pasa, pasará, empezando por nosotros mismos.

Quiero agradecerle a Paola, mi terapeuta, porque me ha ayudado a descubrir y a describir con palabras, esto que hoy te comparto.