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No me llames Diabetic@

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Probablemente esta condición no deje de ser mía nunca porque de alguna manera es como el cachorro que dejaron afuera de mi puerta y que tengo que cuidar, porque no hay manera de deshacerme de él, porque aunque lo intentara, antes de voltear la vista, ya estaría de nuevo frente a mi, viéndome con tiernísimos ojos, implorando piedad y atención. Pero lo que sí podría suceder es que nos dejáramos de etiquetar con terribles adjetivos, poco calificativos, así te pido por favor que no me llames diabétic@.

Ésta, definitivamente, no es una queja ni una petición en la que solicitaré tu firma, tampoco es un acto de protesta ciudadana, ni mucho menos mi manera de sumarme a una campaña federal, es más bien  mi más sensata explicación del por qué tener diabetes no me hace diabética.

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Decirme diabética a pesar de que en efecto, tengo diabetes, es la manera más despectiva y estigmatizada con la que me puedes nombrar a mi y a todos mis compadres, porque no somos víctima de esta condición, al contrario, personalmente, todos los días me sobre exijo para tener una vida sana.

Y tampoco cuando he tenido un mal control de niveles de glucosa en sangre y mi estilo de vida no es el más saludable, acepto ese horrible término, porque tener diabetes no me define; en dado caso, también llámame mexicana, bloggera, diseñadora, deportista, cinéfila, etc., etc.,  así como cuando pides tu capuchino venti,  descafeinado con leche de almendras, tibia, sin azúcar, para llevar por favor, así.

En serio, las etiquetas son horribles porque nos convierten en un “absoluto” que para nada nos describe. Lo que realmente somos, es un conjunto de infinitas cualidades, algunas hermosas y otras no tanto,  que determinan nuestra humanidad y nuestro paso por el mundo.

Y realmente no sé si es un tema de formación básica primaria o de educación proveniente de casa como de “usos y costumbres”, pero las palabras que desde niños aprendemos a utilizar en el día a día en nuestra relación con nuestro entorno y los seres que nos rodean, van encasillándonos, acomodándonos y sin querer (y a veces queriendo), separándonos entre sanos y enfermos, ricos y pobres, blancos e indios, fresas y nacos. Y entonces nos ponemos etiquetas que nos colocan en desventaja.

Hablando específicamente de la palabra “diabetic@” lleva adjuntas algunas connotaciones como de enferm@ y/o pobrecit@, que por supuesto nos hace sentir señalados, en evidencia y a veces muy vulnerables, sobretodo cuando estas en proceso de aceptación.

Si bien estamos diagnosticados, no estamos impedidos de nada, ni somos enfermos, ni pobrecitos. El diagnostico sólo nos ayuda a determinar el camino a seguir para trabajar las diferentes áreas de oportunidad en directa relación con nuestra salud física, mental, emocional y espiritual.

Normalmente tenemos un grupo de amigos y de familia con quienes podemos exponer el punto y pedir que no nos digan así, pero hay otras personas con quienes no, ya sea por falta de confianza o porque las encontramos bastante bulleadoras y qué horror aventarte un conflicto con alguien que no conoces, o con quien sabes que si te muestras frágil te va a molestar aún más.

Por todo lo anterior, agradeceré infinito que no me digas diabética ni a mi, ni a ninguna persona que tenga una dulce vida.

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