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Se nos olvida respirar.

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Cuando mis primos, mis hermanos y yo éramos pequeños, nos gustaba hacer videos caseros de parodias de telenovelas o películas. Recuerdo aquel en el que se suponía que un joven Godín, representado por mi primo, estaba desesperado y sumamente cansado de vivir, entonces, parado frente al espejo de su baño decidía quitarse la vida dejando de respirar tapándose la nariz.

Desde el año pasado que decidí incrementar mi actividad cardiovascular han habido días que me pregunto con mucha angustia ¿cual es el problema?, ¿por qué me agoto tan rápido? Había llegado a pensar que probablemente mis pulmones podrían ser la causa y el origen, dando por hecho con toda seguridad que su tamaño era menor al del promedio de las personas, a tal grado que había estado a punto de ir a visitar a algún especialista para que me hiciera estudios.

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Aún no descarto por completo esa posibilidad, sin embargo fue en terapia psicológica que la escena de aquel sketch ha estado muy presente en mi mente, sobretodo porque me he dado cuenta que a veces, por momentos, dejo de respirar, especialmente cuando cuento algo que me enoja o me asusta, que me duele o cuando tocó alguna emoción que para nada quiero dejarme sentir. Entonces me doy cuenta que así le hago muchas veces durante el día, y peor aún, así le he hecho desde niña.

Este problemita es más común de lo que pensamos y ciertamente no soy la única que lo padece, y es que los ritmos de la cotidianeidad no ayudan en absoluto a nuestra salud; las prisas y las preocupaciones, provocan que nuestra respiración sea rápida e incompleta, consiguiendo que sólo lleguemos a aprovechar una pequeña parte de nuestra capacidad pulmonar, impidiendo una óptima oxigenación y por default, dificultando los procesos metabólicos que nos ayudarán a mantenernos activos, vigorosos y llenos de energía.

Ejercicios para mejorar la respiración:

El primer consejo y más importante es recordar que la respiración empieza por la nariz y nunca por la boca, pues es la nariz la encargada de limpiar y filtrar el aire, de humedecerlo, de acondicionarlo para que entre por nuestras vías respiratorias de la mejor manera.

De pie o sentados, con la columna recta, derecha, y respirando siempre por las fosas nasales, inhalamos primero a través de la nariz llenando la parte inferior de los pulmones, consiguiendo así, apoyo del diafragma. Cuando desciende, notaremos como se va hinchando poco a poco el abdomen, elevándose a su vez las costillas, el esternón y el pecho, para finalizar con esa ligera prominencia de la parte alta de los pulmones y la parte superior del pecho, como si nos jalaran del cuello.

Una vez finalizada la inhalación vamos a intentar retener el aire por tres segundos.

Ahora exhalamos muy despacio metiendo poco a poco el abdomen, expulsando todo el aire para aflojar al final pecho y abdomen.

Realizando estos ejercicios, nos daremos cuenta poco a poco de la gran y hermosa diferencia.

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